ALLANANDO LA DESPROGRAMACIÓN

Publicado: 26/06/2017 en Ciencia y Espiritualidad

ALLANANDO LA DESPROGRAMACIÓN

Ante la necesidad de desprogramar creencias, dogmatismos y otras basuras que anidan en nuestras mentes, que afectan al modo de comunicarnos y a la incapacidad de evolucionar como ser humano pleno y con conciencia consciente, considero necesario empezar cuestionando qué hábitos y mecanismos sutiles capacitan que estos programas campen y operen a sus anchas, cuando es evidente que no favorecen el llevar una vida sana y feliz en conexión con los otros. Como muestra de esta sinrazón dos programas asentados: la culpa y el juzgar, que redunda en crear problemas y conflictos permanentemente.

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Lo que planteo es revisar si determinados programas son esenciales e innatos en el Hombre o son recreaciones erróneas aprehendidas. Afrontando que somos lo que somos sobre la base de programaciones, y estando en disposición de desprogramar lo que sea incorrecto, habremos dado un paso de gigantes para desarrollarnos como Seres Humanos con proyección de habilitar un Hombre nuevo que encare su potencial de crecimiento y evolución.

La colectividad humana en el mundo está estratificada en cuantiosas formas de manifestarse, de sentir y de vivenciar su realidad personal, y también, en muy diversos niveles de estatus y aprendizaje. El mundo es una feria tremendamente variopinta. Se ha dicho con sabiduría que la vida en la Tierra es la escuela dónde venimos a aprender. Y dentro de esta multivariedad, que está compartimentada en diversos grados y niveles, nadie es mejor o peor alumno que otro, ni está condicionado en poder dar el mayor salto cuántico evolutivo de conciencia y crecimiento, pues en esencia somos todos iguales. La percepción propia de cualquier humano puede enfocarse en aspectos de la realidad tangible o/y alternativamente en lo espiritual.

Dentro del entramado de comunicaciones y conexiones que se establecen con los otros solemos empatizar y seleccionar las que son afines a nuestra percepción, o dicho de otra forma, las están en nuestra onda de vibración. Lo destacable en negativo de ello, aparte de que se crean líneas divisorias y de separación, es cómo, en general, caemos en la trampa de etiquetar y sojuzgar lo que es distinto a lo propio o, cuando menos, en desdeñar y desestimar lo que no está en nuestra onda. Poner esto en solfa tiene por objeto resaltar como vilipendiamos, o cuando menos, damos por perdido e inútil lo que para otros es sustancial y relevante. Esto explica como prejuzgamos, pongamos por caso, a las variadas corrientes espirituales nueva ante las religiones instituidas, a la salud alternativa frente a la oficial, o a las alternativas sociales y políticas emergentes en relación con viejo orden establecido; y esto son sólo unas muestras en lo orgánico colectivo, que en lo individual lo prejuzgamos del mismo modo; en definitiva, actuamos así en relación con todas las cosas, personas y cuestiones con las que no nos identificamos. Viene a cuento esta reflexión, para tomar conciencia que en este mundo, tan rico y variopinto, todas las formas de entender la vida y manifestarse tiene su razón de ser y el sentido coherente de utilidad y valía para quienes a así lo perciben. Y que hoy podemos verlo y ser así y después cambiarlo en concordancia al aprendizaje y evolución. Esto debería ser algo obvio, comprendido y aceptado con lo que sobraría esta reflexión, más tristemente no nos damos cuenta de ello y solo vemos al otro con nuestra propia lente y bajo ese prisma lo censuramos. No somos conscientes que con este desenfoque perdemos la ocasión de ver en el otro ser, el hermano, en su inocencia común a la nuestra.

Todo esto da pie en entrar en el terreno vedado y resbaladizo para muchos de la reencarnación, asunto que validará lo coherente de la multivariedad de estatus, situaciones, experiencias y problemática que vive el hombre en su devenir terrenal. Aunque con objetividad no se pueda reafirmar la hipótesis de la reencarnación y con las evidencias subjetivas sí, esta incógnita queda en el aire, del mismo modo que el de la vida extraterrestre, que es optativa a la libre decisión personal de creer en ello o no. Más la lógica más sensata, asentada en el conocimiento, no ya sólo de creencia, sino científica, de que la “vida” no es sólo la de la cosa densa y material que es el cuerpo, sino que la “vida” es algo más sutil y etéreo que la de la materia, como puede ser, la de la conciencia que con la información de vivir y el trasfondo inmanente  ser, puede trascender la muerte física del cuerpo ¿No es lógico y coherente que esa información consciente pueda volver a encarnar en otro cuerpo para seguir evolucionando en pos de alcanzar su fin de carrera? No voy tan siquiera a apoyarme en la creencia primera cristiana o en la filosofía budista y las religiones orientales en la reencarnación para reafirmar la coherencia y sentido mayor de ese trascender las experiencias en un tiempo sin tiempo que habilitaría el aprendizaje de vuelta al origen, al principio y a la esencia de Ser. (Y este ya, es un punto para que lo sopesen algunos en su programación, de si no hay algún programa circunscrito a una educación basada en concepciones excesivamente materialistas.)

Los Hombres sin darnos cuentas y de forma subconsciente tendemos a que los otros vean las cosas como nosotros las vemos. De una u otra forma, tendemos en nuestras formas de expresarnos, en empatizar y sintonizar con el otro con la convicción de nuestras ideas y con la concepción del mundo que tenemos. Conceptos intrusivos como el cambiar al otro, o el más sugerente de enseñar a ese otro, son naturales y lógico en nuestro proceder. Y si bien es cierto lo peyorativo y fraudulento que denota el querer cambiar al otro, en este proceder hay una connotación digna de tener en cuenta, pues en positivo, esto conlleva el intento y necesidad de unificación y vinculación de lo que está separado, de ese Uno común que somos, y sobre el cual ya reflexionamos en el artículo anterior. Antes de seguir con el argumento central, analizo los conceptos de cambiar y enseñar por separado.

El cambio o el cambiar es seguramente una de la acción más difícil que se le puede pedir que ejerza un ser humano sobre sí mismo. Es muy difícil, y para muchos casi imposible, efectuar cambios, sobre todo cuando los cambios tocan cuestiones arraigadas. Es un hecho que nos identificamos con todo lo que aconteció y fue nuestra vida; ya no basta hablar de la muletilla de la religión que dio fundamento a la necesidad espiritual íntima y propia, ni con el sentido identitario de la patria, la lengua o etnia y raza a la que se pertenece, lo hacemos con las ideologías, con el club de fútbol de nuestros amores, con el bodrio televisivo que engancha y apasiona, y con todo lo que sentimos más afín y cercano. La identificación se establece con independencia a que nos haya causado dolor o sufrimiento, y tal vez es mayor, si esta identificación conllevó graves heridas y padecimientos. Cambiar es lo más costoso de hacer, pues nos aboca a vaciar y desnudar nuestro ser del abrigo que nos dio cobijó e identidad. Más es también, por el contrario, para el intrépido espíritu libre y progresista el cauce más firme y seguro para salir del anclaje y del atolladero que le impide avanzar y crecer en su camino. Es afrontar un presente liberándose de las pesadas cargas y del lastre del pasado que impide avanzar.

Inserto, antes de seguir, una premisa sobre el rol de mensajero que ejerzo, y digo mensajero, pues al fin y al cabo el que escribe, como cualquier otro creador, no es otra  cosa que un mensajero que difunde, enseña o muestra la información que llega a su conciencia. Y este expresar no te hace nada especial ni meritorio, pues todos jugamos o podemos jugar a este rol. El estado de conciencia, sapiencia o percepción de cada cual marcará y definirá el papel y misión que sienta debe cumplir al ofrecer su mensaje a quienes quieran oírlo. La sintonía, el proceso evolutivo de consciencia, o como quiera llamarlo cada cual es algo normal que mejora con la correcta actitud, el trabajo y el tiempo. Desde el espíritu libre que siento haber sido, que se movió, a lo largo del tiempo, sin anclajes, por variados y diversos caminos y experiencias, accedí en el aquí y ahora cercano y presente a reveladoras verdades, que ensombrecen todo lo antes conocido y ello es: la excelsa sabiduría y verdad del libro de Un Curso de Milagros y desde el cual, haciéndome eco de su mensaje, abordo darlo a conocer y difundir.

Expuestas mis razones, no tengo por menos que, poniéndome en el lugar de otros, que habiendo seguido mis artículos bajo la perspectiva unilateral de la demolición del Sistema que ellos puedan ver, y creo que, muchos de esos otros, objetaran que soy uno más de los que cayó en la trampa de encontrar su propia muletilla. Por ello puntualizo varias cosas: al escribir mis textos procuré situarme siempre de forma comprensible y cercana al más común de los Hombres, independientemente de donde sintiese estar yo; segundo, fiel a los expuesto en esta articulo ningún posicionamiento, experiencia o estadio es vanar, sino coherente al momento, todos, críticos o no somos seres evolutivos; y por último, el mismo proceso personal que te hace avanzar, obliga a comprometerse con la verdad última y definitiva que ves; no puedes seguir entre dos aguas especulando y dudando cuando sientes certezas claras y rotundas, pues sino cuan aguas estancadas que no circulan corrompen su cualidad mejor.

Este sorprendente y enigmático libro del que hablo, fuente de la que bebe toda la espiritualidad de las últimas décadas, que intente desestimar, no porque no fuesen evidente sus verdades, sino por el tufo cristiano que le achacaba (mi prejuicio), no obstante su forma de manifestarse es así en base al medio al que se dirige, pero es igualmente aplicable a otras culturas religiosas y espirituales existentes e incluso se le puede dar fiel acomodo bajo ciencia laica. El Curso te emplaza a que llegado el momento, cuando se va asimilando su enseñanza llegará el tiempo en que estás comprometido con su mensaje.

Dentro de esta discreta función que intento ejercer, enfoco el dilema planteado de difundir cómo deshacernos de programaciones erróneas y dañinas. Al hacerlo es fácil caer en proyectarlo desde la perspectiva voluble y fatua de sentirse especial y mejor, nada más lejos de mi deseo, no intento cambiar, ni enseñar a nadie, solo deseo expresar la verdad que percibo. Ahora vamos a ver lo que sobre esto, de enseñar, dice el libro: El Curso de Milagros afirma que “los papeles de maestro y estudiante están invertidos”. Que “enseñar es aprender”. Que el “Enseñar es demostrar”. Que sólo “Das fe de lo que es cierto”. O que “Enseñar no es otra cosa que convocar testigos para que den fe de lo que crees”. Qué “No puedes darle nada al otro, ya que únicamente te das a ti mismo, y esto se aprende enseñando”. Por tanto ninguno de nosotros, mensajeros, maestros o simplemente creadores y difusores, enseñamos nada, si las palabras que decimos o los mensajes que ponemos en circulación a los cuatro vientos, que al fin y al cabo es lo único que sabemos hacer todos, solo tendrán efecto si son verdad, y que lo sean no es valor ni requisito intrínseco  de quienes lanzan el mensaje, sino de que esas palabras resuenan ciertas y verdaderas en quienes las escuchan. Por tanto el aprendizaje tendrá su efecto en quien las dio a conocer ya que consolida o desvirtúa la  lección que está aprendiendo el enseñante.

Para cerrar, breve. En este artículo hemos sopesado en detalle la multivariedad humana, lo acertado de la experiencia y estadio de cada uno, los conceptos de cambios o de enseñanza y en otro texto posterior reflexionaremos, con quienes estén interesados en leerlo, en lo acertado o desacertado de algunos programas que dificultan la evolución.

Eves

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